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Lit

La literatura imposible de una sala de espera

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/OPINIÓN/ “Los libros son inútiles en una sala de espera. No sirven para rellenar huecos. No sirven para quitar miedo ni para apaciguar el dolor” #loslibrosdeluna

Luna Miguel

12 Marzo 2018 19:55

En la sala de espera para la ecografía mamaria todas estamos sonriendo. Al contrario que en otros lugares del centro de salud, aquí nadie mira el móvil, nadie lee el periódico, nadie bosteza. Las mujeres, de distintas edades, nos miramos las unas a las otras, hacemos muecas que fingen la alegría o quizá la compasión. Y hay nervios. Lo sé porque cada vez que se abre la puerta de la consulta todas levantamos el trasero de un respingo como si deseáramos entrar o como si deseáramos marcharnos de allí de una vez por todas.

A este lado de la puerta hay madres ancianas que dan la mano a sus hijas y cuchichean vete tú a saber qué cosas sobre ir a la farmacia o sobre llamar a tal familiar. También hay mujeres de mediana edad que tienen pinta de haber pedido el día libre en el trabajo, o de haber dejado las tareas domésticas para otro momento porque ahora lo que toca es atenderse a una misma. A este lado de la puerta, esperamos igualmente un par de chicas jóvenes que no llegamos a la treintena y que probablemente estemos allí para nada, o para evitar el susto, o para empezar esta rutina de autocuidados que en adelante nos acompañará de por vida.

¿Y qué ocurre si en mitad de esa comunión, si en mitad de ese silencio blanco una de esas mujeres mete la mano en el bolso y hace un ruido de llaves y monedas hasta sacar un libro pesado? ¿Qué ocurre si la armonía secreta se rompe? ¿Si una de ellas traiciona el pacto que nunca llegaron a negociar pero que todas las allí presentes firmarían con sangre?

Pienso eso cuando un volumen amarillo de Anagrama aparece en mis manos temblorosas y lo intento leer. Se trata de Memorias de una osa polar, de Yoko Tawada. Es un libro que he intentado empezar varias veces pero para el que nunca logro encontrar la concentración suficiente. A pesar del absoluto silencio, aquella sala de espera tampoco es lugar para concentrarse. Lamento entonces no haber cogido La sombra de los pinos, de Elisa Victoria. ¿Por qué no lo habré hecho?, me pregunto. Quizá porque su portada muestra a una Blancanieves moribunda en mitad de un bosque putrefacto. ¿Cómo me voy a llevar un libro así a la sala de espera de un centro de salud? ¿Qué van a pensar de mí? Otra opción era La habitación prohibida, la nueva novela de Sasha Grey que en seguida descarté por razones parecidas y probablemente equivocadas. ¿Acaso hay algo malo en leer narrativa erótica en directo? ¿Acaso va a enterarse esa ancianita que lo que la cría de enfrente anda leyendo es el libro sobre “los encuentros eróticos más excitantes de Catherine”? O más allá, ¿quizá lo que me ocurre es que no soy capaz de leer una escena erótica ahora que tengo miedo? ¿Ahora que me siento débil? ¿Ahora que no sé qué pasa dentro de esta esfera de carne mía que hasta hace semanas me acariciaba sin preocupación como la protagonista del libro de Grey?

No sé qué libro hay que llevar a una sala de espera. No sé por qué odio los libros cuando tengo que esperar. Son inútiles. Nunca avanzan. Pierden su interés. Se me ocurre que quizá los libros no estén hechos para estos momentos. Que en realidad no sirven para rellenar huecos de angustia. No me puedo llevar Galgos, de María Matínez Bautista, porque la poesía, incluso en su expresión más cálida, se parecería más a un azote que a un poema. No me puedo llevar El otro Hollywood, de Eve Babitz, porque lo que cuenta es la historia de esa musa hermosa que ninguna de las que esperamos en la sala llegaremos a ser jamás. No me puedo llevar Las manos de la madre, de Massimo Recalcati, ni tampoco Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, porque sus aproximaciones a la maternidad y al cuerpo femenino me harían cuestionarme cuál es el lugar y el cometido exacto al que hoy se enfrenta mi cuerpo.

Un vistazo a mi alrededor. Dos mujeres me están mirando. Tengo el libro de Yoko Tawada abierto pero me pierdo entre letras que hablan de sexo y de animales salvajes, calientes y ásperos. ¿Por qué he elegido a Tawada? No lo sé.

En la sala de espera un celador con un aro en la oreja izquierda me mira enfadado. ¿Aquí no se puede leer? Saco un bolígrafo del bolso y empiezo a anotar listas de cosas. Empiezo a anotar palabras que se me vienen a la cabeza. Radio. Vieja. Sasha. Chocho. Teta. Madre. Marzo. Azul. Trenza. Chaqueta. Bala. Trabajar. Las escribo en tinta violeta sobre la primera página de la novela de Tawada que ya he dado por perdida incluso si me gusta.

El celador me mira. Una anciana me observa. En el índice de publicaciones de la solapa veo libros que ya he leído y otros que no. Justo cuando mis ojos se posan en El ardor, de Roberto Calasso, una mujer pelirroja sale de la consulta y dice mi nombre. Pienso en Calasso y en que el suyo hubiera sido un buen libro para traer a la consulta porque independientemente de lo que expresen sus páginas lo que describe su título es exactamente lo que yo siento dentro de mí.

Desnuda ahora de cintura para arriba y con las tetas untadas en un líquido pegajoso, una mujer pasea un aparato por ellas y las balancea y las estira como si buscara algo importante en ellas.

Aparentemente, no lo encuentra.

—Tranquila, todo está bien. Puedes secarte con esas toallas de papel.

Mis tetas están frías. Las tapo de nuevo con el sujetador blanco como la sala de espera a la que me encamino de nuevo y en la que más mujeres esperan a ser atendidas como osas polares a las que acaban de herir. Tranquila, todo está bien, me repito. Ahora vuelvo a estar a este lado de la sala a aunque ya me siento a miles de kilómetros de ella. Tranquila, todo está bien. Me siento en las escaleras que dan a la calle Manso y me digo que debo darle otra oportunidad a Yoko Tawada.

Sé que no hay libros perfectos para una sala de espera pero por un momento yo me animo a creer que sí y subrayo unas palabras de la autora nipona: “mi voluntad de vivir residía en las garras y en la lengua”.

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